domingo, 9 de diciembre de 2012

El Monstruo

Aquella mañana acompañaba a P. y a R. en aquel viejo claustro, que nos protegía del sol de agosto, de las oleadas de luz intensa. De ese cielo azul que nos aplasta, bajo el que no somos nada. Alcé la vista. Aminoré el paso. Te miré.

Besaste a P. y a R. con desenfado, de forma casi aparatosa, como siempre fue tu costumbre. ¿O tal vez no era más que la sensación que transmitía tu cuerpo, tan poco mediterráneo, tan continental? Proyectaste tu cara hacia mí de forma imperceptible, durante una décima de segundo, y con la misma rapidez la retiraste. Porque yo permanecí impasible, un poco atrás, y me limité a saludarte con la mano, sin ninguna intención de besarte.

En aquel claustro que nadie en Villavieja entendía por qué se mantenía en pie, que semejaba el ensamblado esqueleto de un gigantesco monstruo (sólidas pilastras sobre un frágil equilibrio), en aquel claustro hablamos durante unos instantes.

"Parece una novela", dijiste.

"Tienes que irte, ¿no?". Hablaste en voz baja y los dos miramos el oscuro pasillo que se abría a la derecha del claustro, el pasadizo que se adentraba en las entrañas del monstruo. Me despedí de ti y caminé por aquella garganta que me engullía y me vomitaba continuamente, varias veces al día, decenas de miles de veces durante años. P. y R. se habían marchado.

"Parece una novela". Recordé tus palabras. Personajes de una novela, personajes que van y vienen, que se encuentran y hablan. Que en ocasiones comprenden. Miré hacia atrás. La luz de agosto abrasaba las sombras del pasadizo.

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